*La IP quieren privilegios; la oposición, ruptura con AMLO; izquierda, radicalismo.
De la redacción
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo tiene un amplio respaldo popular, explicado por los buenos resultados ofrecidos para la mayoría. No obstante, grupos reducidos de ultraderecha y radicales de izquierda la presionan en beneficio de sus intereses.
Y lo mismo hace la ultraderecha empresarial, integrada por malos grandes empresarios, enriquecidos con la corrupción de los 36 años de regímenes neoliberales, empeñados en recuperar esos privilegios. La acompaña la ultraderecha partidista, ambas envalentonadas por la posición neonazi de Donald Trump.
De acuerdo con un análisis de “El Espectador” y “La Noticiería”, la mandataria, primera mujer en ganar la presidenta de la República es sometida a presiones por segmentos de derecha, extrema derecha y radicales de izquierda.
Desde una oposición partidista, ayuna de proyectos alternativos a, por ejemplo, el programa de pensiones para los adultos mayores, el combate a la desigualdad económica (cuyo punto más alto se dio en el gobierno de Felipe Calderón) o los proyectos de infraestructura para el desarrollo económico y los servicios, los opositores centran sus esfuerzos en lograr con intrigas una ruptura entre la presidenta y su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. Ese es su único proyecto.
A eso responden sus campañas mediáticas de que el político tabasqueño sigue mandando, de que el expresidente decidirá quienes serán los candidatos a 17 gubernaturas, para las diputaciones federales y los nombres de quienes llegarán al gabinete para llenar los cargos que desocupen quienes sean candidatas y candidatos.
Pero incluso desde la izquierda radical, incluyendo algunos intelectuales latinoamericanos, se critica que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no trabaje para construir un proyecto alternativo al capitalismo.
En otras palabras, proponen que implante en México el socialismo, en un radicalismo irresponsable e infantil que, en el caso de los extranjeros, ni siquiera ellos pudieron concretar en sus países, porque no se los permitió Estados Unidos, capaz de promover golpes de Estado contra gobiernos de izquierda y patrocinar dictaduras sanguinarias, precisamente, con el pretexto de combatir al socialismo.
Si en esos países, ubicados a miles de kilómetros de Washington, gobiernos menos neonazis que el de Donald Trump impidieron proyectos socialistas, no sería realista ni responsable pretender que en México se construya un proyecto alternativo al capitalismo.
Menos cuando tenemos una frontera de tres mil 180 kilómetros con Estados Unidos, la primera potencia mundial imperialista, económica y nuclear del mundo, la cual, por si fuera poco, compra el 80 por ciento de las exportaciones mexicanas, y con un presidente demencialmente ultraderechista, como lo es Donald Trump.
De cualquier manera, desde sus posiciones radicales, ultraderecha empresarial, oposición derechista, y radicales de izquierda hacen ruido y no están conformes con lo que hace la mandataria Sheinbaum Pardo. Y no les importa que no tengan eco en la población, no se cansan de ver que todo lo hace mal la mandataria.






