COORDENADAS POLÍTICAS
MACARIO LOZANO R.
TERRY COLE INEPTO O PROTECTOR DE LA
DELINCUENCIA QUE VENDE DROGAS EN USA
El verdadero narcogobierno es el de Donald Trump, porque el gran negocio de esta actividad criminal -como aquí se ha examinado, pero vale la pena recalcarlo para que no se olvide- corre por cuenta del capital financiero mundial, propietario de los lujosos rascacielos de Nueva York, Chicago, Miami y Los Ángeles, donde despachan los dueños de esa masa de dinero que representan las deudas de los gobiernos nacionales, las empresas y las familias del planeta.
Prevenir y combatir el narcotráfico, incluyendo su fase más lucrativa: el narcomenudeo en el territorio estadounidense, es la principal obligación de la Administración de Control de Drogas (DEA), cuya responsabilidad incluye garantizar la vigencia de la Ley de Sustancias Controladas, pero no lo hace.
En este escenario, el cinismo de Terry Cole, director de ese organismo, dependiente del Departamento de Justicia, no tiene límite, porque incumple por inepto o por formar parte de la red de protección para quienes se benefician de la drogadicción de los estadounidenses. No hace nada por erradicar las adicciones y capturar a los verdaderos beneficiarios de la venta de drogas al menudeo, la fase más rentable de la cadena de distribución criminal de sustancias tóxicas ilegales en el vecino país.
La cabeza de la DEA, propuesto para el cargo por el presidente Donald Trump y ratificado por el Senado, quiere desviar la atención y cargar la culpa del tráfico de drogas ilegales a otros países, que la venden como materia prima barata a los verdaderos jefes del narcotráfico global: los grandes financieros estadounidenses.
Esos intereses económicos globales no podrían operar con impunidad sin la protección del gobierno norteamericano, pues los grandes financieros son ahora quienes rodean y deciden la política exterior de Donald Trump, y son protegidos en su lucrativo negocio de las drogas.
La DEA, por conveniencia económica de los amigos financieros del presidente estadounidense, no erradica el consumo de drogas, como es su principal obligación desde que fue creada hace más de 50 años, y a las autoridades no les importan las muertes de cerca de cien mil jóvenes estadounidenses cada año (la tendencia al aumento se frenó por las acciones del gobierno mexicano). Pagan ese precio por los beneficios económicos de sus financieros.
No es exagerado, ni obedece a un sentimiento antiestadounidense sostener que el de Donald Trump es un narcogobierno. Las pruebas son evidentes. Basta con utilizar el sentido común para encontrarlas: no se combate el delito de “Lavado de dinero” y tampoco se conocen detenidos estadounidenses por “lavar” e introducir al circuito legal el circulante que produce la comercialización de la drogas al menudeo en suelo de Estados Unidos. Menos existen programas para combatir el consumo.
Si la DEA no combate la distribución o el consumo de drogas, como lo prueba el aumento del números de adictos, y la Red de Control de Delitos Financieros (Fin-Cen), dependiente del Departamento del Tesoro, no descubre el “lavado de dinero” proveniente de la venta al menudeo de las sustancias tóxicas ilegales, que alcanza anualmente los 400 mil millones de dólares, está claro que el narcogobierno es el de Trump, no los de otros países, como cínicamente lo difunde Terry Cole.




