*Problema de fondo, no debatido, el del líder de la ultraderecha mundial.
De la redacción
Las relaciones bilaterales México-Estado Unidos siempre han sido difíciles. La vocación de dominio mundial de la vecina nación y su concepción de la dependencia y subordinación de otros países en sus vínculos comerciales, políticos y diplomáticos caracterizan la posición de todos sus gobiernos, aún de los más liberales, recordó el analista político Jorge Iván Frausto Leal.
“Esta relación se ha complicado en extremo con el arribo directo de la plutocracia estadounidense al poder y con la irrupción de un liderazgo que elevó a rango de política de Estado la xenofobia, el clasismo y el racismo, con propensión a intervenir en los asuntos internos de otros pueblos y a respaldar las peores causas, como el genocidio de Israel en la Franja de Gaza: ese es Donald Trump”, definió el también académico,
Y en la relación bilateral entre nuestros países hay un aspecto relevante, poco o nada debatido y, al parecer, no percibido con claridad, pero de gran importancia: el perfil del actual mandatario de la primera potencia mundial y económica del mundo representa todo lo contrario de lo que representa el de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. “Ésta es preparada, eficaz, democrática, honesta, sencilla, respetuosa del derecho internacional y de los compromisos firmados por México; es decir, todo lo contrario de Trump”, detalló.
Donald Trump gobierna para la minoría, dueña de la riqueza de Estados Unidos y con intereses económicos dispersos en la mayor parte de las naciones del planeta. “En la actualidad esa minoria pivilegiada pierde mercados a paso agigantado frente a las potencias asiáticas, especialmente ante China, lo cual quiere frenar y revertir mediante medidas de fuerza, con abuso de su poderío militar y el respaldo total de Trump”, abundó.
La mandataria mexicana, por el contrario, gobierna de acuerdo con los principios estratégicos de su partido, que conquistó el poder en 2018. “Trabaja para todos, pero con prioridad para los que menos tienen, lo que le procura un alto y creciente respaldo popular. Y representa todo lo contrario de lo que encarna Donald Trump, lo que es un factor más que dificulta las relaciones bilaterales”, advirtió.
“No lo dice, pero es claro que Trump, como ultraderechista, está en contra de todo lo que en el mundo representa gobernar para la mayoría”, sentenció, y sgregó que esto no cambiará, como tampoco lo hará la presidenta Sheinbaum Pardo, por lo que más allá del fingido reconocimiento a la valía de la gobernante mexicana, a Trump le disgusta que no privilegie a los dueños del dinero, explicó el también articulista de “El Espectador”.
El mandatario estadounidense, no debemos olvidarlo, es líder indiscutido de una ultraderecha mundial, “envalentonada por el respaldo que le da, y que en Latinoamérica tiene avances y gobierna Argentina, Perú, Ecuador, El Salvador y puede ganar las presidencias de Chile y el propio Brasil”, señaló.
Al presidente de Estados Unidos no le gustan los gobiernos progresistas, como el de México y desearía que en el 2030 ganara una o un ultraderechista, y aunque para entonces ya no estará en el poder, antes apoyara a la ultraderecha mexicana.
No obstante, en materia electoral nadie puede obligar al electorado a votar por determinada organización política, por lo que aun con diversas modalidades de apoyo que puedan recibir de Trump, no tendrán oportunidad de ganar algo, si es que obtienen su registro los partidos ultraderechistas “Movimiento Nacional Viva México”, de Eduardo Verástegui, o “México Republicano”, del yunquista exgobernador de Guanajuato, José Manuel Oliva Ramírez.






