*El mejoramiento de instalaciones y de servicios médicos no llega a lo burocrático.
De la redacción
Zoé Robledo Aburto, director general de Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), despliega un gran esfuerzo desde los primeros años del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, para ampliar la infraestructura para la atención de la salud.
Contrató médicos generales y especialistas, personal de enfermería y mejoró la atención médica; sobe todo, por parte de los nuevos y nuevas profesionales de la salud, lo cual perciben los derechohabientes.
No obstante, hay determinados servicios donde los vicios de décadas y la desatención a las gestiones que realizan los afiliados llega al surrealismo, de acuerdo con opiniones recogidas por “El Espectador”.
A manera de ejemplo, se sigue exigiendo a los derechohabientes una constancia de vigencia de derechos para que se le preste atención en clínicas diferentes a la de adscripción, sin tomar en cuenta circunstancias obvias.
En los carnets o cartillas se establece la condición de quiénes son jubilados o pensionados y quiénes activos, por lo que con la mínima lógica no se les debería obligar a gestionar la constancia de esta vigencia de derechoa los primeros: no hay jubilados con carácter de eventuales, como para que le exijan la constancia en cuestión.
Otra rareza la representa el rechazo de la credencial que expide el propio Instituto Mexicano del Seguro Social como documento de identificación. No le conceden validez para realizar trámites en las propias instalaciones del organismo.
Empleados y empleadas no aceptan el documento, pese haberla expedido la propia institución, precisamente, con la finalidad de que los afiliados se identifiquen como tales, pero resulta que no es aceptada esa credencial.
Exigen se presenten una credencial expedida por el Instituto Nacional Electoral (INE) o el pasaporte que se obtiene en la Secretará de Relaciones Exteriores (SRE), pero no la que entrega el propio IMSS.
Estos son sólo ejemplos de lo difícil que resulta erradicar el burocratismo innecesario, donde sus máximas autoridades logran alcanzar lo más difícil y costoso, pero no desterrar estos vicios muy arraigados durante décadas, y que en teoría pueden ser superados con facilidad.






