*Los inaccesibles precios de boletos y restricción a transmisiones en TV, las causas.
De la redacción
Encuestas publicadas en los últimos días dan cuenta del escaso entusiasmo que genera el torneo Mundial de Futbol 2026, el cual será inaugurado el 11 de junio próximo y 13 de sus partidos se jugarán en las sedes de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
Varios factores se conjugan para el poco interés del mexicano común y corriente por esa competencia, que por primera vez incluye 48 selecciones. En primer lugar está el hecho de que la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) planeó el mundial para las élites económicas del mundo, dado los altos precios fijados para los boletos, inaccesibles inclusive hasta para las clases medias.
La organización rectora del balompié profesional del mundo también comercializó en extremo las transmisiones de los partidos. Ya no serán pasados por las cadenas abiertas de televisión, sino por canales de paga, y no le gusta a los verdaderos aficionados al futbol tener que desembolsar dinero para poder ver los encuentros por las pantallas televisivas.
Los partidos serán presenciados en los estadios por un alto porcentaje de quienes ni siquiera son de verdad aficionados al deporte en cuestión, pero les sobra dinero para pagar las costosas entradas, porque podrán pagarse su capricho de estar en los palcos de los estadios, mientras millones de aficionados tal vez no dispongan de recursos económicos ni para pagar el derecho a recibir las señales de los encuentros.
En estas condiciones, es entendible que no exista un gran entusiasmo popular, contrario a los mundiales de 1970 y 1986, cuando los boleos a los estadios eran caros, pero ni de lejos como ahora, además de que televisoras no cobraban por ver los partidos que cada quien escogía.
La FIFA obtendrá también las mayores ganancias que ha conseguido en todos los mundiales de la historia, pero a cambio de volver elitistas estas competencias, y parece casi imposible que, después de ganar tanto con este sistema, quiera volver a los bajos costos y a la gratuidad de la difusión de los partidos.
Sobre todo, porque aun con los precios prohibitivos de los boletos para presenciar los partidos en forma presenciales los estadios, que excluirán a la abrumadora mayoría de los aficionados del futbol en el mundo, la demanda de entradas rebasó varias veces los boletos disponibles.
Cambió para mal el desarrollo de los mundiales para los verdaderos aficionados y los estadios se saturarán con los miembros de las clases adineradas, por lo que dejarán de entusiasmar a la población, pero las utilidades alcanzarán montos que nunca soñó la FIFA.






