*Jamás alardeó de sus acciones en favor de las luchas sociales del país.
MACARIO LOZANO R.
Carlos Monsiváis, un intelectual íntegro, generoso, congruentes e incorruptible, cumplió el pasado mes 15 años de fallecido. Y hace falta en estas horas del ascenso en el mundo de la ultraderecha y el abierto neonazismo; sobre todo, en Estados Unidos, con su racismo, clasismo y xenofobia y el ascenso directo a la conducción de los destinos del país de la plutocracia, particularmente de su vertiente financiera.
Los 15 años de ausencia de ese hombre de letras, pero comprometido por igual con las mejores causas sociales del país, ha sido motivo de análisis de los diversos ángulos y actividades del intelectual. Todos merecidamente elogiosos.
La misma ultraderecha y derecha, de quienes Monsiváis aseveró que su verdadera doctrina es la hipocresía, reconoció su valía y aportación al conocimiento de la realidad social, de las lacras nacionales e injusta distribución de la riqueza.
Sus amigas y amigos difundieron aspectos desconocidos del hombre que muy joven se interesó por la cultura, tanto la llamada alta cultura, como la cultura popular, pero de lo que poco se habló fue de su generosidad con las causas que él consideraba justas y de su apoyo a las mismas, sin alardear de ello, ni siquiera mencionarla.
De su generosidad y gran capacidad para conocer a las personas tuve oportunidad de comprobarlo por allá de 1973, cuando estudiaba periodismo y laboraba en una empresa extranjera que producía bienes de capital; es decir, manejábamos máquinas herramientas que fabricaban máquinas, en el auge de los artículos de plástico.
Editaba un periódico del centro de trabajo y me encomendaron fundar una biblioteca. Sabía de Monsiváis de leídas, porque dirigía el suplemento “La Cultura en México” de la revista ¡Siempre!, entonces la mejor del país y ahora, irrelevante.
Tenía un consejo de redacción encabezada por él e integrado por Jorge Aguilar Mora, Héctor Manjarrez y Héctor Aguilar Camín. De los cuatro, éste último era el menos brillante; se decía de izquierda y su condición económica era modesta. Ni imaginaba que Salinas de Gortari lo iba a corromper, volverlo millonarios y derechizarlo.
Al término de una conferencia que ofreció, me acerqué a Carlos Monsiváis. Le pedí que me recomendara una lista de libros para formar una biblioteca en una empresa. Le expliqué que necesitamos títulos que fueran de utilidad para los compañeros, muchos de ellos, sin afición a la lectura.
Consideró muy positivo el esfuerzo y destacó la importancia de fomentar el hábito de la lectura en la clase asalariada. Era un sábado. Me dijo que contara con su orientación y que me esperaba el jueves en su casa. Le aclaré que no podía ese día, porque trabajaba. Entonces me propuso el sábado.
Fui a su casa en la calle San Simón, de la colonia Portales, de la capital del país. Me entregó una larga relación de títulos de libros de narrativa, economía, luchas sindicales, ensayos, historia y crónicas. Lo más generoso de su parte fue que me regaló dos alteros de libros, incluido el último de él, “Días de guardar”.
Sin conocerme confió en mí y mostró su generosidad e interés por el fomento a la cultura y el conocimiento de los trabajadores sobre temas que le incumbían. Cuando llegaba a encontrarlo, me recomendaba no dejar de aumentar el acervo bibliográfico que estaba al servicio de los compañeros.
Carlos Monsiváis fue un intelectual muy solidario con las luchas sociales, lo que lo distanció de algunos de sus antiguos amigos, como Aguilar Camín, cuando se volvió salinista, después zedillista, foxista, calderonista, peñista, y se enriqueció con el producto de su corrupción.






