*Abandonó sus estudios de bachillerato para contribuir con ingresos a su familia.
De la redacción
(Segunda parte)
La fotografía llegó a su vida por necesidad. En su hogar faltaban recursos y, siendo el mayor de los hermanos, decidió trabajar. A los 18 años Lázaro abandonó sus estudios en el Plantel “Dr. Ángel María Garibay K.” de la Escuela Preparatoria de la UAEMéx y aceptó una oportunidad laboral como reportero gráfico, sin saber usar una cámara fotográfica.
Su primer encargo fue una prueba de fuego: cubrir una gira del presidente de la República, entonces Carlos Salinas de Gortari. Aprendió lo básico en cuestión de minutos, en una gasolinera, antes de llegar al evento. Aun así, logró capturar imágenes cercanas, intuitivas. Había algo en su mirada que no se enseñaba: una sensibilidad para encuadrar la realidad. Y desde entonces no se separa de una cámara. La fotografía se convirtió en su lenguaje, en su oficio y en su forma de entender la vida. Descubrió que una imagen no solo documenta: también transmite.
Por eso, cuando retrata personas, busca algo más que el gesto. Busca la emoción. “En la mirada está todo”, afirmó. El enojo, la tristeza, la pasión. Para él, el verdadero reto no es capturar un rostro, sino revelar lo que hay detrás. Su curiosidad lo llevó también a explorar lo pequeño: la macrofotografía, los detalles, las texturas. Una piedra, una sombra, la corteza de un árbol. En esos elementos encuentra calma, belleza y memoria. Es como un regreso a su infancia, a ese niño que observaba el mundo con asombro.
A lo largo de los años, su trabajo lo llevó a recorrer distintos espacios: medios periodísticos, instituciones públicas, eventos políticos, eventos deportivos y nota roja.
Lázaro Hernández ha vivido experiencias que nunca imaginó de niño: viajar en avión, documentar desde helicópteros, capturar imágenes en condiciones de riesgo. Una de las más intensas ha sido la fotografía aérea. Cuando aún no existían los drones, con un arnés sujeto a la cintura y medio cuerpo fuera del helicóptero, a cientos de metros de altura, debía encontrar el encuadre perfecto mientras la nave se movía. “Son emociones muy fuertes”, reconoció. Pero también, momentos que le recordaban algo que había dicho a su madre cuando era niño: quería un trabajo que no fuera aburrido. Y lo consiguió.
En 2001, la historia de Lázaro Hernández López tomó su rumbo definitivo. Fue invitado a integrarse a la Universidad Autónoma del Estado de México. Aceptó sin dudarlo. Para él, la universidad no era solo un espacio laboral: era un lugar que desde niño le inspiraba admiración. Ahí encontró su escenario ideal.
“La universidad tiene de todo. Ciencia, arte, cultura, deporte. Cada día ofrece nuevas historias, nuevos rostros, nuevos retos. Para un fotógrafo, es un universo inagotable”, dijo. Pero más allá del trabajo, encontró pertenencia.
Después de 25 años de trayectoria laboral, la Máxima Casa de Estudios mexiquense es parte de su vida. Cada mañana, aseguró, se levanta con entusiasmo. Cada evento es una oportunidad para mejorar.






