*Hasta su sepelio fue singular, por el rechazo a la presencia gubernamental.
De la redacción
Los ejemplos de congruencia ideológica, de sacrificio, de honestidad, de lucha, de rechazo a los lujos y de sufrimiento de cárcel, represión y persecución que caracterizaron la vida del intelectual José Revueltas, no solo son admirables, sino n una bofetada en el rostro a trepadores, con careta de izquierdistas, como Gerardo Fernández Noroña y otros.
El 14 de abril se cumplirán 50 años del fallecimiento de este duranguense singular como escritor, como revolucionario, como intelectual, como ideólogo, quien fue preso político desde los 11 años.
Dentro de dos meses se cumplirá medio siglo de su ausencia. Su trayectoria de hombre de izquierda radical y ejemplarmente honesto, estuvo marcada por la represión de que fue víctima. Cuatro veces encarcelado, dos de ellas en el aquel tiempo temible penal de Las Islas Marías, ahora centro recreativo y cultural.
Como intelectual y escritor fue igualmente brillante, como lo prueban sus obras: “Los Muros de Agua”, sobre los presos y condiciones de las Islas Marías, “Dormir en Tierra”, “El Luto Humano”, “Dios en la Tierra” y la pequeña novela o cuento largo llevada con mucho éxito a la pantalla, “El Apando”, sobre la vida en la cárcel de Lecumberri, donde estuvo recluido por su participación en el Movimiento Estudiantil de 1968.
La izquierda mexicana no guerrillera, la que abrió camino para la conquista de la presidencia de la República, del Congreso de la Unión y de 24 gubernaturas de entidades federativas por la vía pacífica ha tenido grandes figuras, entre ellas destacan Valentín Campa y Heberto Castillo, pero nadie tiene una historia de revolucionario igual a la de José Revueltas, inexplicablemente ignorado.
El autor de ese esplendido ensayo “El proletariado sin cabeza”, que no se encuentra en las librerías, fue singular igualmente hasta en su sepelio, ocurrido el 15 de abril de 1976 en el Panteón Francés La Piedad, de la Ciudad de México.
Según recuerda uno de los fundadores de “El Espectador”, presente en el lugar en esa fecha, antes de que el ataúd del intelectual, escritor y revolucionario bajara a su última morada (para recurrir al lugar común), se apersonó el secretario de Educación Pública de Luis Echeverría Álvarez, el oaxaqueño Víctor Bravo Ahuja.
Sacó un discurso que llevaba impreso y con voz engolada, al estilo de los viejos oradores, destacó: “ha muerto otro grande de la familia Revueltas”. Fue lo único que alcanzó a decir, porque un entonces joven Martín Dozal, compañero de celda en Lecumberri del fallecido le espetó:
“Cállese. No queremos oírlo. Y usted no puede estar aquí, porque fue amigo de José Revuelta cuando usted era pobre y no era poderoso, y cuando lo fue, nunca lo ayudó para protegerlo de la persecución el gobierno, al que ahora usted sirve”.
Todos los presentes se sorprendieron, porque ni antes, ni después de entonces un representante presidencial había sido callado en un funeral, como ese 15 de abril de 1976. “Es que no se vale tanta hipocresía y oportunismo”, le comentó Dozal minutos después a uno de fundadores de “El Espectador”.
Vaya este texto como humilde homenaje a José Revueltas, de quien deberían aprender mucho Noroña, Monreal, Adán Augusto, Higinio, Maurilio y otros morenistas adictos al lujo y la riqueza y que se apartan de los principios que enarbola su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional.






